Historial de la revista

Sobre La Palabra y el Hombre

Mario Muñoz

 

El número inicial de La Palabra y el Hombre empezó a circular en el trimestre de enero-marzo de 1957, bajo la dirección de Sergio Galindo, que a su vez ejercía el mismo cargo en el Departamento Editorial de la Universidad Veracruzana, fundado a la par que la revista. No me detendré en hacer aquí una historia documentada de ambas; de ello dan testimonio el libro Medio siglo de labor editorial universitaria en Veracruz, coordinado por la doctora Celia del Palacio Montiel, de 2007, y el artículo del doctor Ángel José Fernández Arriola, publicado en el número 5 de La Palabra y el Hombre, de 2008. Mi propósito es ofrecer una visión general de la trayectoria de la revista a través de más de sesenta años de existencia casi ininterrumpida, si descontamos los dos años y medio posteriores al funesto 68 que repercutió en la suspensión temporal de su salida.

 

La continuidad no ha sido meramente cronológica sino de fondo, en cuanto a mantener vigentes los propósitos que suscribieron los responsables en la Presentación del primer número, firmado con las iniciales F. S. que correspondían a las de Fernando Salmerón. En esa “declaración de intereses” se precisan los objetivos clave sostenidos en el transcurso de más de cinco décadas. A saber: “Un órgano de investigaciones libres en el que todas las opiniones tienen cabida”, y que “oriente al lector sobre una gran variedad de temas vivos para la inteligencia mexicana”. Los editores enfatizan que “no se trata (...) de una revista literaria (...), tampoco de una revista exclusivamente científica o política sino de un repertorio abierto que pretende, con la mayor amplitud y universalidad, contribuir al desarrollo de la cultura”.

 

En el discurrir de sus tres épocas, asciende a más de cuatro mil firmas la nómina de colaboradores integrada por poetas, narradores, historiadores, científicos, filósofos, antropólogos, lingüistas, sociólogos, economistas, psicólogos y otros especialistas además de estudiantes universitarios. En el caso particular de la literatura, Armando Pereira consigna en la entrada dedicada a La Palabra y el Hombre en el Diccionario de literatura mexicana. Siglo XX, coordinado por él mismo, (UNAM, 2004, 2ª ed., p. 364) que “en el terreno de la literatura, la publicación ha tenido un lugar sobresaliente: en sus páginas ha publicado ensayos, relatos, fragmentos de novelas, obras dramáticas, reseñas y notas, la gran mayoría, de escritores mexicanos y de un número considerable de escritores extranjeros de prestigio”. Más de medio siglo de producción literaria ofrecido a los lectores en los números que integran las tres épocas de La Palabra y el Hombre, una de las publicaciones de más antigüedad en su género en el estado de Veracruz y en el país.

 

La Tercera Época se inició en 2007, cuando se cumplieron simultáneamente cincuenta años de vida de la Editorial UV y de nacimiento de la revista. Esta celebración coincidió con el nombramiento de Celia del Palacio Montiel como directora general y de la revista. El renovado Comité Editorial se unió a su iniciativa para darle a La Palabra y el Hombre un giro completamente diferente, resultado de una investigación practicada por un grupo de especialistas, enfocada en las fortalezas y debilidades advertidas en los periodos precedentes. En el cambio de formato, diseño y estructura influyeron consideraciones de peso como ampliar el círculo de lectores, ofrecer espacios equitativos para la literatura, el arte, las ciencias sociales y la crítica de libros, mantener un equilibrio entre las imágenes y los textos, abordar los conflictos políticos de actualidad y poner al día la presentación gráfica de la revista.

 

De este modo se redefinieron las seis secciones que la integran: La Palabra, Estado y Sociedad, Arte, Dossier, Entre Libros y Miscelánea, cada una con un comité dictaminador. Lejos de torcer los objetivos de los fundadores, la reciente proyección los continúa, revitalizando así el afán de extender el conocimiento más allá del campus universitario.

 

Los lectores que han seguido la trayectoria de la revista, así como las generaciones actuales, tienen ahora la oportunidad de diversificar las formas de contacto con la cultura nacional y de otras latitudes sin perder de vista los aportes de nuestro entorno universitario. Esperamos que el actual formato electrónico –que no implica la desaparición del impreso– constituya un paso más en el inmenso territorio del conocimiento.